Llegas al final del día agotado. Con la sensación de que has estado ocupado todo el tiempo y, aun así, no has hecho lo que de verdad importaba. Y al día siguiente, vuelves a empezar igual.
Conozco bien esa sensación. Y me he preguntado muchas veces de dónde viene. La respuesta, casi siempre, no es que hayamos hecho poco. Es que no hemos parado.
La neurociencia tiene algo importante que decirnos aquí: el cerebro humano necesita parar aproximadamente cada noventa minutos. No es una sugerencia. Es una necesidad biológica. Cuando no lo hacemos, el rendimiento cae, la creatividad se apaga y el estrés se acumula sin que nos demos cuenta.
Y sin embargo, a veces da la sensación de que tenemos más miedo a pararnos que a terminar agotados.
Nos hemos acostumbrado tanto al movimiento constante que la quietud nos incomoda.** Cuando paramos**, el tiempo lo llenamos con el móvil, con el ruido, con cualquier cosa que nos evite estar simplemente ahí, en silencio.
Pero cuando una persona entra de verdad en quietud, algo extraordinario ocurre.
Se activan en el cerebro redes vinculadas a la claridad mental y a la creatividad.
La quietud no es no hacer nada. Es hacer lo más importante.
¿Cuándo fue la última vez que te permitiste parar de verdad, sin sentir culpa por ello?
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