Casi todos guardamos alguna frase que nos dijeron hace muchos años y que todavía recordamos.
Quizá fue algo dicho de pasada, al final de un día largo y sin ninguna intención de hacer daño, y sin embargo ahí sigue.

A mí eso siempre me ha hecho pensar en la fuerza que tienen nuestras palabras, incluso aquellas que decimos sin darnos cuenta.
Cuando alguien nos habla con dureza no solo lo escuchamos, ya que nuestro cuerpo también lo siente y nuestro equilibrio hormonal se resiente. Y cuando recibimos palabras que nos animan sucede justo lo contrario, despertando nuestra creatividad, nuestra confianza y las ganas de empezar proyectos nuevos.
Con esto no quiero decir que tengamos que vigilar cada palabra ni fingir que todo va bien. Desahogarse es sano y a veces hasta necesario, y quien nunca se permite decir que está cansado acaba pagándolo de otra manera.

Quizá donde más cuidado necesitamos tener es en dos lugares. Uno es lo que decimos a quienes más queremos, porque son ellos quienes más peso le dan a nuestras palabras. Y el otro es lo que nos decimos a nosotros mismos cuando nos equivocamos, porque esa voz nos acompaña durante todo el día.
Por eso, cuando dudo, hay una pregunta que me ayuda mucho: si esto que voy a decir no construye, ¿para qué decirlo?
Ojalá hoy alguien se quede con una palabra tuya que le ayude.
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