El síndrome de Burnout

El síndrome de Burnout también conocido como síndrome de estar quemado o síndrome de agotamiento emocional o profesional, es considerado por la Organización Mundial de la Salud como una enfermedad laboral que provoca detrimento en la salud física y mental en los individuos.

El término fue acuñado por Herbert Freudenberger en 1974, se trata de la respuesta al estrés laboral crónico que engloba sentimientos y actitudes con implicaciones nocivas para la persona y la empresa; se genera principalmente en el marco laboral de las profesiones que se centran en la prestación de servicios y atención al público: médicos, enfermeras, profesores, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, abogados, vendedores, burócratas y policías entre otros. Incluso los universitarios en los últimos semestres de la carrera o los que se encuentran en el internado se les dice “estudiantes quemados”.

Síntomas
Los síntomas son extensos y se presentan como leves, moderados o graves. Una señal de alarma es la dificultad al levantarse por la mañana o el cansancio crónico, posteriormente se presenta la intensidad de los siguientes síntomas.

Emocionales: irritabilidad, ansiedad, depresión, frustración, aburrimiento, distanciamiento o aplanamiento afectivo, impaciencia, desorientación, impotencia para realizar las tareas y sentimientos de soledad y vacío.

Psicosomáticos: fatiga crónica, dolor de cabeza, dolores musculares, insomnio, úlceras y desordenes digestivos, palpitaciones, hipertensión, crisis asmática, resfriados frecuentes y aparición de alergias.

Conductuales: apatía, hostilidad, pesimismo, introversión, ausentismo laboral, relaciones personales distantes y frías, tono de voz elevado, dificultad para concentrarse, incremento en los conflictos con los compañeros o la familia, agresividad, cambios bruscos de humor, aislamiento, hastío, anhedonía (falta de placer en actividades que se disfrutaban incluido el sexo).

Este síndrome se manifiesta desde una perspectiva tridimensional caracterizada por: agotamiento emocional, despersonalización y sentimientos de bajo logro en la realización profesional.

El agotamiento emocional se percibe mediante el cansancio, fatiga física y psíquica con sensación de no poder dar más de sí mismo. La despersonalización llega con sentimientos, actitudes y respuestas negativas, distantes y frías hacia otras personas, especialmente a clientes, pacientes y usuarios; se acompaña de incremento en la irritabilidad y pérdida de motivación; la personalidad cambia al grado de que amigos y familia lo desconocen. Y por último, el sentimiento de bajo logro en la realización profesional supone respuestas negativas hacia sí mismo o al trabajo, baja el rendimiento laboral y la autoestima, hay incapacidad para soportar la presión y se caracteriza por una dolorosa desilusión al dar sentido a la actividad laboral.

Es la repetición constante de factores estresantes y el tiempo lo que conforma el cuadro crónico que genera la baja de la autoestima, hasta que llega la gota que derrama el vaso. Resulta paradójico laborar para cubrir los satisfactores de vida y que esto cause el estado de frustración agobiante, la melancolía, la tristeza, la sensación de fracaso, estados de neurosis con angustia, depresión y la impresión de que la vida no vale la pena, llegando en casos extremos a crisis psicóticas con ideas francas de suicidio.

El síndrome es un proceso, más que un estado, y se le atribuyen cuatro fases de evolución: leve con síntomas físicos vagos e inespecíficos como dolor de cabeza, de espalda y baja en el rendimiento laboral. Moderada: insomnio, déficit de atención y concentración y tendencia a la automedicación. Grave: ausentismo, aversión por el trabajo, incremento en la irritabilidad, abuso de alcohol o fármacos. Y extrema, aislamiento al grado de durar días encerrado sin importar nada, crisis existencial, depresión crónica y riesgo de suicidio.

Factores que influyen
Las características del puesto, el ambiente de trabajo —tenso, muy autoritario— y las jornadas extremas; el deseo de destacar, el grado de exigencia, perfeccionismo extremo, ambición, dificultad para expresar las emociones, impaciencia, baja tolerancia a la frustración, dificultad de trabajar en grupo y dificultad para relacionarse con las figuras de autoridad.

El caso de mi amigo resulta muy ilustrativo. Juan tiene 60 años y labora arduamente desde los 8; desde hace un año los problemas se han complicado de tal manera que padece un estado de confusión que le impide aumentar su productividad, trabaja de más ganando menos. Los celulares no paran de sonar incluso los fines de semana; se siente culpable de que la familia reclame su atención y de no quedar bien con nadie. El negocio lo atrapa de tal manera que se olvida de ingerir alimentos, por las noches no concilia el sueño y la tensión ha afectado su salud y su alegría por vivir. Se queja constantemente de sus problemas y se preocupa por lo irritable que se muestra con sus colaboradores. Por más que le muestro mi preocupación y nos ponemos de acuerdo para encontrar estrategias de solución, me cancela argumentando que no tiene tiempo para él. Le frustra perder el tiempo como bombero apagando el fuego de los problemas en su empresa sin tiempo para elevar la producción.

Estrategias de intervención
Las estrategias fisiológicas están orientadas a reducir el malestar emocional y físico para controlar el estrés: masaje, natación, yoga y tratamiento médico o alternativo.

Las estrategias conductuales están diseñadas para dominar un conjunto de habilidades y comportamientos en la cotidianidad laboral: manejo adecuado del tiempo, actividades recreativas, entrenamiento asertivo, habilidades sociales, comunicación, manejo de conflictos y autocontrol.

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