A veces nos decimos: "Soy un desastre". Puede que tú no uses exactamente esas palabras, pero seguro que conoces la frase. Aparece sola, sin avisar, justo después de que algo no haya salido como querías.
Fíjate un momento en lo que acaba de ocurrir ahí. Lo que pasó fue pequeño y concreto: un día, una cosa, un momento. Y la frase que salió hablaba de ti como si estuviera escrita en piedra.

Esa desproporción tiene una explicación. Casi todos llevamos dentro una imagen de una versión nuestra que no falla nunca, y mientras se va cumpliendo ni la notamos. Solo aparece el día que fallamos, y ese día no deja ningún sitio para algo tan humano como equivocarse.
Ahora prueba a decir esta otra frase: "Hoy no ha salido como quería. Mañana vuelvo a intentarlo".
Lo importante no es que sea más amable. Es que es más exacta. La primera afirma cosas sobre ti que nadie podría demostrar, mientras que la segunda se limita a describir lo que ha pasado.
Y esa diferencia tiene consecuencias, porque la humillación nos deja sin salida y de un hecho bien mirado, sí se puede salir.
Así que la próxima vez, antes de firmar una sentencia, comprueba si lo que te estás diciendo es verdad.
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