Imagina que mañana te espera una conversación difícil. Y que, sin haberlo decidido, ya la has revivido cinco veces en tu imaginación. En todas ellas la otra persona reacciona mal y tú sales de allí con una sensación amarga.
Fíjate en lo que ha ocurrido. Esa conversación todavía no existe, y sin embargo tu respiración ya ha cambiado, los hombros ya se han tensado y el malestar ya está aquí, horas antes de que suceda nada.

Eso es porque el cerebro no distingue del todo entre lo que ve y lo que imagina. Cuando proyectamos algo hacia el futuro creamos una imagen, y esa imagen pone en marcha emociones y procesos en el cuerpo ahora mismo, en el presente.
Lo hacemos continuamente, y casi siempre sin saberlo, porque una parte de esas imágenes es consciente y otra parte no.
Pero la imagen que proyectamos también puede afectar al resultado, porque cambia nuestro lenguaje no verbal, nuestra mirada y nuestro tono de voz.
Si anticipamos que una conversación va a ser desagradable, podemos llegar a ella transmitiendo, sin darnos cuenta, nuestra tensión, nuestro miedo, nuestro desacuerdo e incluso nuestro enfado.
La otra persona puede percibirlo y reaccionar a ese estado emocional, haciendo más difícil el entendimiento. De esta manera, podemos contribuir, sin quererlo, a que suceda precisamente aquello que tanto temíamos.

Por eso, antes de algo que te importa, hay una pregunta que vale mucho la pena hacerse: ¿qué imagen estoy proyectando?
No hace falta imaginar que todo saldrá perfecto. Basta con dejar de ensayar que saldrá mal.
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