Cuenta una leyenda europea que el árbol de Navidad tuvo su origen en una fría noche de invierno cuando un niño buscó refugio en la casa de una pareja de leñadores, quienes lo recibieron y le dieron de comer. Durante la noche, el niño se convirtió en un ángel vestido de oro: era el Niño Dios. Para recompensar la bondad de los ancianos, tomó una rama de un pino y les dijo que la sembraran, prometiéndoles que cada año daría frutos. Y así fue: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata.
La forma de decorarlo varía según las costumbres de cada región. En los países nórdicos las esferas son sustituidas por ángeles y duendes. En Japón lleva en sus ramas muñecas, adornos de papel, abanicos y sonajeros. En China en lugar de pinos se utilizan naranjos, símbolo de felicidad en esta cultura.
Alrededor del mundo existen árboles navideños que compiten por coronarse como los más imponentes gracias a su altura. En el 2009 la Ciudad de México se colocó como sede del árbol de Navidad más grande del mundo al instalar en la Glorieta de La Palma, en Paseo de la Reforma, un ejemplar con 115.35 metros de altura, 35 de diámetro y 330 toneladas de peso. Brasil cuenta con un árbol flotante de dimensiones similares en la Laguna Rodrigo de Freitas, con una altura de 82 metros y 450 toneladas de peso, montado sobre una estructura flotante de 810 metros cuadrados. El del Rockefeller Center de Nueva York posee 26.8 metros de altura, 9 toneladas de peso y más de 30 mil luces multicolores.
Otra de las tradicionales costumbres navideñas es colocar bajo el árbol un regalo para cada integrante de la familia en la víspera de la Navidad; sin embargo, lo importante no es sí el regalo, sino el cariño y amor de quien lo obsequia. Cuando coloques tus obsequios navideños para tu amorcito y tu familia, recuerda usar una envoltura que jamás se romperá: el cariño.
Más que un objeto decorativo, el árbol de Navidad lleva consigo muchos significados sobre los cuales vale la pena reflexionar. ¡Felices fiestas!