El arte del perdón

Perdonar es todo un arte. Tan difícil de lograr que ni el más sabio puede jactarse de dominarlo al cien por ciento ya que, en el día a día, siempre habrá retos que pondrán a prueba el corazón retándote a amar más.

 

Acerca del perdón hay ríos de tinta escritos, ya sea sobre fe, superación personal, psicología, etc., todos ellos profundizarán sobre los importantes efectos que esta decisión tiene sobre la vida; pero, y hasta este punto, ¿qué significa perdonar? y ¿por qué es tan importante hacerlo?

Griselda Mantecón Garza en su libro La magia de la vida está en ti, menciona que el perdón es una herramienta maravillosa de sanación que te permite seguir adelante con tu vida y fluir. Ella advierte que de no hacerlo, los únicos que salimos perjudicados somos nosotros mismos puesto que “cuando no perdonamos, creamos un lazo de acero que nos amarra a nosotros mismos (…) [ y a nuestros temores], no a las otras personas [que nos pudieron haber dañado]”, ello ocasiona que nos confinemos, por miedo, a algo similar a una jaula que existe sólo en nuestro interior y que lo único que hace es estancar nuestra vida manteniéndonos atorados por más tiempo del que deberíamos en determinada situación o experiencia.

 

¿Por qué sucede esto?

Suele pasar que las sociabilidades en las que fuimos creados están acostumbradas a culpabilizar al otro en vez de asumir responsabilidades, siendo éste quizás el peor error y el pecado más grande. Marielos Romay, desde una visión alineada a la fe cristiana, explica que el culpabilizar y juzgar sin asumir la responsabilidad de los propios actos, no es algo nuevo, data de una vieja historia que nos cala hondo en el hueso desde los inicios de la humanidad, dentro de esta doctrina religiosa: cuando Eva tentada por la serpiente comió del fruto prohibido, se lo dio a Adán y Dios, sabiendo lo que había sucedido, los buscó. Ellos se escondieron y empezaron a echarse la bolita al más puro estilo infantil en el que uno nunca asume su responsabilidad y pasa la culpa al otro. De esta forma, Adán culpo a Eva, y ella a su vez a la serpiente; pero, ¿qué hubiera pasado si Adán hubiera asumido que él era el responsable del paraíso en ausencia de Dios?, ¿y  si Eva le hubiera dicho que no a la serpiente?

En esta, como en toda historia cotidiana,  para que haya un problema existen dos o más participantes, pero a su vez también hay más de una manera de solucionarlo y la mejor siempre es decir la verdad, asumir responsabilidades y perdonar; pero, ¿qué sucede cuando perdonar parce la última opción de nuestra lista?

 

La gente hace lo que puede con los medios que tiene…

El conflicto empieza por el temor, la falta de comunicación, pero sobre todo, por la ausencia de perdón. Quizás lo que nos lleva a ello es el orgullo, la soberbia, la ira y el sentirnos profundamente burlados o defraudados por quienes pusimos en un pedestal jurando que jamás nos dañarían. En las relaciones interpersonales ello suele suceder con una gran frecuencia; sin embargo, se nos olvida una pieza clave en este rompecabezas donde las emociones se encuentran a flor de piel, que la gente no siempre es consciente de las cosas que hace, pues como diría  Kathleen McGowan en la Fuente de los Milagros: “La gente hace lo que puede con los medios que tiene”, ¿qué quiere decir con esto? Que nadie puede darte lo que no ha aprendido y que todos somos seres en evolución que vamos aprendiendo unos de otros en el camino. Sucediendo, a veces, que en ese continuo aprendizaje nos lastimamos, sin querer, hiriendo a quienes más amamos no por maldad, sino por lo peor… temor a equivocarnos, cuando lo cierto es que por este miedo a equivocarnos dañamos más que si lo hubiésemos intentado con valentía desde un principio.

El miedo es quizás uno de los peores enemigos a vencer en las batallas cotidianas del corazón porque, ¿qué va a decir?, ¿qué va a hacer?, ¿cómo irá a reaccionar el otro? Por momentos se nos olvida que no somos  videntes, que no sabemos todo sobre el otro, que a pesar de lo mucho que lo amemos, como bien dicen, cada cabeza es un mundo y cada uno de esos mundos está lleno de experiencias previas, las que, como diría Miguel Ángel Ruiz Macías en La maestría del amor, han dejado hondas cicatrices en el corazón como la lepra en el cuerpo, de tal forma que cuando alguien nuevo llega a suscitar experiencias que hacen latir de nuevo a la revolución de las alas del colibrí en nuestro corazón, huimos despavoridos porque pensamos que nos dañarán de nuevo sin siquiera atrevernos a mirar más allá de la trinchera aderezando al miedo la cobardía.

 

Sin embargo, el problema que parece ahora algo sencillo, termina siendo más complejo de lo que parecía porque resulta que no es sólo el miedo el que nos está frenando, sino el rencor que nos está atorando cada vez más en un laberinto del que buscamos —sin buscar realmente— salir.

 

¿Qué hacer al respecto ante esta laberíntica situación que parece haber perdido los pies y la cabeza?

1.- Detectar el problema: el repasar el pasado es doloroso si se hace con un afán melancólico y victimizante; pero, si se hace con valor enfrentando y analizando, entonces la situación cambia, pues por medio de este ejercicio unos mismo se da cuenta de las posibles implicaciones que tuvo y es entonces cuando empieza a caer en cuenta de su propia responsabilidad dentro del problema.

 

2.- Asumir responsabilidades: ser valiente y enfrentar la cruda dosis de lo que cada uno tuvo que ver dentro del problema es, quizás, la parte más dolorosa y delicada del asunto, porque ya no queda nadie más a quien culpar, sino uno mismo. Es en este punto donde cada uno debe ser tan sincero con uno mismo como sea posible, si no, el crecimiento no se dará porque uno mismo se niega a crecer.

 

3.- Perdonar: al respecto hay diferentes formas de hacerlo y gradaciones, que van desde hacerlo de dientes para afuera, hasta sacar toda la pus del alma haciéndolo de corazón aunque duela.

4.- Fluir y continuar con el camino de la vida, sin estorbar, ni odiar preparándose para nuevos retos y vivencias, ya que cuando uno aprende la lección, está no vuelve a repetirse en la vida.

¿Por qué es tan difícil perdonar y es tan importante hacerlo?

El perdón para que realmente se dé, debe ser sincero y sin esperar nada a cambio. Algunas veces resultará un ejercicio duro que requerirá de toda tu fuerza interior para poner mentalmente frente a ti a esa persona que te dañó y liberarlo en amor, otorgándole ese perdón que tanto cuesta, aunque él o ella jamás se enteré. Otras veces más  podrás externarlo cara a cara, hablando e interactuando incluso si se encuentran rodeados de gente. Ya sea de una forma u otra, una cosa es cierta, el perdón siempre es una decisión que para llevarse a cabo requiere de mucho valor, pero sobre todo, corazón.

 

La dificultad de todo este asunto radica en  que para perdonar, primero es necesario enfrentarse a uno mismo y revisar en qué nos estamos equivocando, quizá, es por ello que nos cuesta tanto trabajo hacerlo, porque implica analizarse uno mismo y caer en cuenta de los propios errores. Ello a su vez implica bajarse del Olimpo y aceptar que fallamos, que no somos la divina garza y que a veces somos demasiado orgullosos y soberbios como para aceptar que lo estamos haciendo mal.

Así, la importancia de perdonar radica no en el hecho mismo, sino en el proceso mediante el cual, quien mayor ganancia obtendrá, será el que lo otorga más que el que lo obtiene, puesto que, al igual que en la enseñanza, quien lo otorga sale enriquecido del proceso pues descubre cosas que antes desconocía que le permiten avanzar y fluir por la vida pudiendo con ello asumir mejores experiencias. De lo contrario, el rencor y la irá lo consumirán como una vela cuya llama se extingue ante el odio que el recuerdo revolvente le produce, sin entender que esta serie de emociones de baja intensidad repercuten en la salud, como lo menciona Louise l. Hay en su libro Tú puedes sanar tu vida, estado de ánimo y relaciones circundantes.

 

Así que, en asuntos del corazón ¡a perdonar!

Aunque ojo, perdonar no equivale a olvidar, pues para que este acto de voluntad se dé hay que ser muy conscientes y tener una cosa muy clara en mente: podemos perdonar a quien nos daño, para nosotros liberarnos, pero ello no implica dejar que la persona que nos lastimó siga en nuestras vidas haciendo lo mismo una y otra vez.

* Mireille Yareth es comunicóloga e historiadora, contáctala en [email protected]

 

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