El miedo a decir “hola”

Pareciera que hombres y mujeres somos diametralmente diferentes en distintos aspectos (¡y vaya qué somos diferentes en la manera de comunicarnos!); sin embargo, nuestros miedos en el amor suelen ser similares. Aunque en ambos casos un “sí” nos otorga el cielo y un “no” nos destroza el alma, nuestra forma de sobreponernos es diferente, ya sea por la educación que hemos recibido en casa o por la sociedad en la que hemos crecido.

 

Pero, mucho antes de llegar al punto de la tan esperada, o temida respuesta, está el acercamiento, el punto en el que todo comineza, donde, ciertamente, lo más lindo es saber que como dice la cultura de las redes sociales, “antes de que  tú voltees a verlo, él ya te está mirando”. ¿Qué hacer, entonces?, ¿cómo acercarte?, ¿cómo comportarte ante esta situación?, ¿hacer algo o sólo esperar?

En el amor no existen recetas de cocina ni leyes exactas que regulen el comportamiento de las personas y aseguren  determinados resultados, como sucedería en un experimento controlado con objetos. En el ámbito sentimental, lindo sería decir que lo que más cuenta es dejar llevarse por lo que dicta el corazón omitiendo la tediosa voz de la razón, mas, ésta, es precisamente la voz que te salva cantidad de veces del abismo. ¿Entonces?

Superar el miedo a decir hola equivale a enfrentarse a la amenazante página en blanco de la tesis o de algún proyecto importante, al primer entrenamiento del deporte que más te gusta porque, primero, tienes que combatir tu propia procrastinación. En cuestión de amores, al final del día no importa de quién te quieras escudar por qué una cosa es cierta: amar asusta mucho cuando es de verdad.

En esta sociedad tan líquida, laxa, llena de oportunidades intermitentes e incesantes que se rige por la lógica mercantil de “no te preocupes, después de uno sigue otro”, cuesta diferenciar cuando alguien es realmente importante. A pesar de todo, cada uno sabe cuando está frente a una oportunidad inigualable de amar a alguien realmente especial donde todo comienza por darse una nueva oportunidad y abrirse, por más miedo que se tenga debido a las experiencias previas, aventurándose a descubrir a una nueva persona.

En este preámbulo, no importa tanto lo qué se dice, sino cómo se dice. El lenguaje es hueco cuando el sentido está perdido; pero si el sentimiento está presente, entonces el lenguaje se vuelve la herramienta perfecta para, con una palabra sincera, intentar entrar a la realidad de alguien más apelando por una oportunidad que podría cambiarle la vida  a los dos.

La forma de lograr ese interludio varía dependiendo de múltiples factores. Hay a quienes les toca ser espectadores mientras otros se avientan al ruedo como protagonistas de una nueva historia que está por ser contada. En esos momentos, lo que más se requiere es valor y ganas de emprender.

Así que, cuando alguien nuevo se acerque a ti de manera “casual”, ya sea en un café, en el trabajo, en un  bar, en la escuela, en un curso, etc., piensa en  lo que a esa persona puede estarle costando decir un simple “hola” y en lo mucho que debes gustarle para que haya sido tan valiente como para acercarse e intentar conocerte.

Obvio es decir que en urbes tan complicadas como la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, la inocencia no está precisamente a la orden del día y siempre debe tenerse cuidado con los desconocidos por los múltiples riesgos que ello conlleva; sin embargo, el obedecer a ese pequeño grillo llamado intuición, sirve mucho para evitar situaciones complicadas, embarazosas y desgastantes.

 

* Mireille Yareth es comunicóloga e historiadora, contáctala en [email protected]

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