Hace unos días conocí un movimiento familiar que exhorta a la castidad, palabra ya poco utilizada en nuestro vocabulario, sin embargo de gran valor. Castidad, para mí, significa controlar y disciplinar la actividad y el deseo sexual.
La castidad no es exclusiva de los sacerdotes, monjes, religiosas y religiosos, es para todo ser humano que desea vivir libre de ataduras, pues depender del sexo para ser feliz y pleno es someterse al mismo.
Sí, claro que tienes razón, somos seres sexuados, pero no toda actividad humana debe ser encaminada a lograr el placer sexual, menos aún en el matrimonio. Desgraciadamente, existen personas que al casarse consideran que todo está permitido, creen que es obligación de su cónyuge estar siempre disponible, a toda hora, para satisfacer su apetito sexual confundiendo la unión matrimonial con la adquisición de un cuerpo que debe someterse a los deseos sexuales de su pareja.
Desde mi muy personal punto de vista, ser casto en el matrimonio es ser respetuoso, comprensivo, paciente. En la Encíclica del Papa Pablo VI, Humanae vitae (1968), recuerdo haber encontrado una frase en la que interpreté la preocupación del Papa por el uso de los anticonceptivos no sólo por el daño que provocaban a la salud de la mujer y más allá de que estaban en contra de la vida, sino también por la libertad de la mujer —hoy hablaríamos de ambos géneros— donde el hombre podía considerarla mero objeto de placer.
Dejar el sexo al servicio de la pareja en el matrimonio es convertirlo en una herramienta para que ayude a unir sus almas, pues unir cuerpos es fácil, el reto es unir la esencia el espíritu.
Aprender a controlar el apetito sexual es tener dominio de nosotros mismos y eso es provechoso en todos los aspectos de la vida, pues vivimos en una sociedad que no sabe esperar, todo debe ser aquí y ahora, desechando lo que ya no causa ninguna satisfacción, rechazando aquello que compromete, que exige un esfuerzo adicional. Más todo esto, no es amor, es egocentrismo.
El mundo comercial identifica al amor sólo con el sexo, limitándolo exclusivamente a un placer que se siente, se vive y se acaba, que requiere de juguetitos, medicamentos, películas y más para llevarse a cabo sin desenfreno, olvidando que el acto sexual es fruto y consecuencia del amor.
Es cierto que el hombre por su naturaleza, y por su falta de práctica, le cuesta más autodominarse, pero si realmente lo desea puede lograrlo. Más aún con el recato y prudencia de su mujer.
No es la castidad un tema de antaño. Fue la castidad y la abstinencia la que disminuyó en Uganda, hace algunos años, la creciente población infectada por el sida. Toda África apostó a los condones, Uganda a la castidad. África entera continúa incrementando su cifra de contagios de VIH. Uganda, por el contrario, la viene disminuyendo, eso sí, aumentando la tranquilidad y paz social pues las familias han aprendido a desarrollar actividades diferentes en las que se logra mayor integración y armonía familiar.
La castidad es una manifestación plena del amor que vale la pena poner en práctica para aprender a amar con el alma. Los adolescentes y jóvenes que comienzan a conocer su sexualidad, deben darse el tiempo para averiguar la alternativa que presenta el don de la castidad, pues como bien indican los representantes de este movimiento: “ El verdadero amor sabe esperar”.