Parejas de miedo para este Halloween y Día de Muertos

Todos alguna vez hemos tenido una pareja de miedo, que asusta, incluso, no estando en estas fechas.

 

Mucha gente alrededor nos dice: ¡ten cuidado! Por razones que ellos alcanzan a ver y que a nosotros ni nos pasan por enfrente. Aún así —y contrario a las advertencias—, continuamos por ese sendero descabellado haciendo caso omiso y dirigiéndonos justo hacia el barranco. Por dentro es como si nuestro sistema de peligro se encontrara apagado o atascado. Al final de todo, cuando vemos que la relación desemboca en un gran desastre nos preguntamos: ¿en qué momento pasó todo eso?, ¿de qué parte de la historia me perdí?, ¿por qué no lo vi venir?

Cuando ello sucede, nos sentimos un poco sosos y conservamos una amarga sensación, no sólo en la boca, sino en el corazón, que tarda años en sanar; sin embargo, no todo es malo, al paso del tiempo —que es sabio— podemos ver y aceptar que esa persona no hacia juego con nosotros, así nos liberamos, perdonamos errores mutuos y retomamos nuestro camino cargados de experiencias que nos enriquecen y preparan para el próximo desafío.

 

Tanto en las relaciones como en la vida misma tenemos mucho que aprender de los niños que en estas fechas juguetean por doquier, nunca se cansan y continúan constantemente luchando e insistiendo. Quizás si los adultos fuésemos así, más abiertos y menos rencorosos, no nos perderíamos de las grandes oportunidades que la vida nos ofrece día a día.

En Halloween se acostumbra que la gente, sobre todo los niños, se disfracen, “asusten” y pidan su calaverita en las casas del vecindario. En los inicios de esta tradición la gente se disfrazaba porque creía que en esas fechas las almas de los difuntos vagaban y los asustaban. Para evitarlo y vivir esos días sin sobresaltos decidieron empezar a  disfrazarse, para que cuando los difuntos los vieran los confundiesen con ellos y pasaran de largo sin hacerles ningún daño.

 

De modo paralelo a la tradición, aplicando este contexto al amplio espectro de la relaciones, cuando vamos creciendo y adquiriendo más experiencias, vamos cargando miles de máscaras y disfraces que, cuando interactuamos con otros, no dejamos de portar para evitar que nos lastimen, tal y como los antiguos hacían en Halloween. El problema con ello es que esta festividad dura un día y nosotros olvidamos retirarnos esos disfraces incluso durante años, justificándonos en el cómodo lugar de “el otro me hizo, así que, ahora, yo les haré a otros igual”, conformando cadenas infinitas de dolor y tristeza que no hacen más que empantanarnos.

El dolor y  las experiencias no se pueden evitar; son parte misma y, a su vez, antitética de la felicidad. Lo único que podemos hacer es tratar de aprender de ellas lo más posible y no repetir con otros lo que vivimos, tratando de hacer un mundo mejor, olvidando rancios rencores y dejando morir una parte de nosotros para que otra, mejor, renazca en su lugar, tal y como los antiguos pueblos celtas, apegados a la naturaleza, creían que sucedía tras el paso del otoño e invierno y con la llegada de la primavera.

 

La creencia de la existencia de buenos y malos espíritus es compartida por múltiples pueblos a lo largo del mundo. A los primeros se les recuerda con honores, tal y como sucede en México con los altares de día de muertos; a los segundos se les huye, como en el Halloween. De modo paralelo, en las relaciones sucede que hay amores se les recuerda con cariño, en tanto que a otros se les teme deseando no repetir la desagradable experiencia.

Así que, retomando dichas festividades y para ponernos a tono con la temporada, nombremos algunas parejas que espantan y apestan, no por su apariencia, sino por su vacuo desempeño en la relación. Aquí algunos.

 

¡Bienvenidos a la galería del terror!

Los fantasmas: en la relación brillan por su ausencia. Siempre tiene mucho qué hacer y nunca tiene tiempo para nada. Constantemente se esconde bajo la sábana del trabajo o de la escuela o cualquier otra actividad que les permitaa evadir el compromiso. La próxima vez que te encuentres uno de estos especímenes: huye despavorida o, si ya estás enfrascada en una relación con uno, hablen y trabajen para que él o ella entienda que una relación es de dos.

Frankie: al igual que Frankenstein son fruto de mil y un vivencias que no han logrado digerir. Portan mil y un heridas de guerra, evidencia clara de que no han pasado invictos por el valle del amor. No dejan en paz su pasado y les cuesta vivir el presente, ni qué decir del futuro. No son malvados, pero estar con ellos cuesta Dios y toda su ayuda, sobretodo ayuda y kilotones de paciencia. Pueden lograr convertirse en seres normales si se trabaja con el pasado, logran vivir en el presente y son capaces de vislumbrar un futuro.

Calabacines: tienen la mente siempre en otro lugar, por lo regular sólo enraizada en sus asuntos. Cuando cometen un error se desviven en perdones, pero nunca cambian. Sintomático de conflictos internos no resueltos que llevan a las relaciones y que, por lo regular, casi siempre terminan mal. El calabacín es tierno y dulce y le cuesta entender qué es lo que está haciendo mal. Es al que más atención hay que ponerle para que la relación logre salir avante.

El hombre lobo: salen bajo la luz de la luna llena. Son fiesteros. De ser medianamente buenos en el día, durante la cotidianidad, se desatan durante las fiestas consumiendo diversas sustancias lo que los lleva a realizar acciones de las que, posteriormente, ni siquiera se acuerdan. Si te encuentras con uno así, ¡corre! Si ya estás en una relación así, busca ayuda profesional.

Brujas y hechiceros: se presentan como verdaderas joyas en la etapa de la conquista, el coqueteo e incluso a lo largo de todo el noviazgo. Son la versión humana de la princesa y príncipe de cuento; pero, al correr de los años, cuando te tienen bien cautivo, muestran su verdadera identidad igualita a la bruja de Blancanieves o a Lord Farquaad. No es sólo su aspecto físico el que cambia, cuando dejan de arreglarse, sino su corazón el cual es amargo y negro. Tratan de controlar todo y causan graves estropicios en las relaciones familiares que te circundan. Si lo detectas a tiempo escabúllete silenciosamente. Si no te diste cuenta a tiempo, entonces habla con él o ella de los cambios.

Espantapájaros emocionales: ni pichan, ni cachan, ni dejan batear. Tremendamente indecisos, no quieren estar contigo, pero tampoco te dejan iniciar otras relaciones. Son igual que el espantapájaros, están ahí en una relación contigo pero parecen inermes, y cuando por fin decides dejarlos resulta que sí te querían y hacen hasta lo imposible por tratar de espantar a quien se te acerque. Mejor, cortar por lo sano.

Dráculas chupa sangre: viven en la oscuridad y tratan de hacer que tu vida sea igual. Absorben todo lo que está a tu alrededor: tu energía, alegría y, por qué no, dinero también. Cuando terminas con ellos te vez demacrado, triste, ojeroso sin ilusiones. Definitivamente la peor opción.

Slimer o Pegajoso: aquellos que no se te despegan ni para ir al baño. Verdaderas lapas humanas. Cuidan con extremo celo a su pareja “no vaya a ser que alguien más se las quiera quitar”. Son asfixiantes y definitivamente no entienden el sentido de la importancia de la individualidad en una relación. Son codependientes y aunque decidas dejarlos insisten una y otra vez hasta que o logran que te quedes con ellos. Quedarte o irte de ti depende.

Hulk: sólo a gritos y berrinches se da a entender. Todo para ellos es irritante y sólo los mantienes tranquilos haciendo su voluntad. Por lo regular son irascibles, mandones, controladores, manipuladores e impositivos. Tardan días o meses para regresar a su humanidad, dependiendo de la dimensión de sus berrinches y de que se haga lo que él o ella desean. Una unión así, termina con la autoestima y el estómago del más débil. O peor si hay violencia. No cambian.

¿Qué hacer ante estos personajes?

El asunto no es negarlo, sino asumirlo y ver en qué estamos fallando para tratar de enmendar nuestros errores. Cambiar desde dentro por convicción, no por coacción, y transformar esos defectos en fortalezas. Nadie es perfecto. Todos nos equivocamos. Lo importante es aceptarlo, trabajarlo, superarlo y continuar.

 

Halloween y Día de muertos son celebraciones que vivimos una vez al año; sin embargo, cuidemos que los disfraces y las máscaras bajo las que nos escondemos no se vuelvan permanentes. Honremos a la muerte y celebremos a la vida construyendo parejas equitativas y felices. Recordando que el cambio más fuerte viene siempre desde nuestro interior.

 

* Mireille Yareth, comunicóloga e historiadora, contáctala en: [email protected]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *