Las diferencias que nos engrandecen

Muchos dicen que las diferencias sí importan. Te apuesto a que no siempre, por ejemplo, hay diferencias en la relación de pareja que no afectan en nada, al contrario, ¡engrandecen! Todos somos diferentes en nuestra forma de pensar, sentir, expresarnos, vestir, reír, llorar, incluso en nuestra forma de amar.

 

La igualdad es un ideal, a veces un valor único que perseguimos azarosamente en busca de un mundo mejor; pero, lo cierto es que sólo en pocos momentos en la vida llegamos a él y logramos borrar por completo las diferencias, sean estos momentos en picos de incertidumbre y dolor, o felicidad y abundancia.

Incluso biológicamente somos parecidos. Todos tenemos dos ojos, una nariz, una boca, etcétera; pero, aún así, no somos iguales. Nuestra herencia genética nos determina. El tipo de cabello, el color de los ojos, la tez, incluso el tono de nuestra voz y expresiones faciales son diferentes. Y esto no es malo. A menos que dichas características sean usadas como murallas, en lugar de fungir como simples caracteres biológicos.

 

Las diferencias también están presentes en los sentimientos y los pensamientos; son determinadas por nuestra herencia social, por lo que la cultura y núcleo familiar juegan un papel relevante. Es por ello que no todos respondemos igual ante las circunstancias que nos presenta la vida. Algunos están acostumbrados responder más rápido y otros más lento, por ello, lo que más debemos tener es: paciencia.

¿Por qué aunque formamos una pareja no somos iguales?, ¿tiene eso algo de malo?, ¿tenemos que ser iguales? En pareja, suele suceder que esa persona especial y tú, se vuelven inseparables, a veces uno termina la frase del otro o, incluso, se coordinan sin querer. Esto sucede porque están conectados y en algunos momentos se mimetizan. Un fuerte lazo se construye entre ambos para proteger y ayudar a crecer la relación; sin embargo, el querer controlar este sentimiento, en más de una ocasión puede derivar en una actitud perjudicial. Por ejemplo, si uno de los dos se siente absorbido por el otro y piensa que se ha perdido dentro de esa relación. Una relación es de dos y aún cuando uno de ellos tenga un carácter predominante, el imponer y pisotear no está permitido.

 

La mejor parte de vivir una relación de pareja es compartir la individualidad y sumar diferencias. Lo diferente nos engrandece, nunca ha sido al revés. Si tienes un problema y lo compartes en pareja, la angustia se divide entre dos, las respuestas se multiplican y las opciones aparecen.

Aún cuando afinidad en una relación cuenta mucho, porque es justo el punto de convergencia, las diferencias enriquece aún más la relación. No necesitan compartir neuronas, ni pensar igual para conformar una relación estable. Lo que necesitan es ser lo suficientemente maduros para aceptar que cada uno es un mundo y que, a pesar de compartir algunas cosas, entre ellas un gran amor, habrá muchas más en las cuales podrán discrepar, lo importante será siempre tener claro su objetivo: el amor.

 

Te parecería impresionante saber cuántas relaciones se han perdido por el sólo hecho de querer que el otro sea como tú quieres, como tú piensas o deseas. Las personas son lo que son y así es como hay que amarlas. No hay amores hollywodenses donde todo el mundo ríe y nunca hay discrepancias. El amor es, a pesar de él, amor mismo. Eso quiere decir que a pesar de que no siempre sean risas y melcocha, hay que aprender a sortear las dificultades  de la mano del otro, no por encima de él.

Tener una buena autoestima es fundamental; pero, respetar es la palabra clave de las relaciones en todo momento. Y como siempre digo: “No hagas a otros lo que odiarías que te hicieran”. Te doy un tip infalible: ponte en los zapatos del otro. No pienses como tú lo harías. Piensa como él pensaría y dime si, aún así, lo juzgarías. Si tu respuesta es sí, ¡fallaste! Pues para entender hay que desprenderse de lo que se es y adentrarse en el otro y para eso es necesario conocerlo a fondo.

 

Juzgar, en las relaciones, es ciertamente lo peor que puedes hacer, porque te colocas en una posición de superioridad desde donde vez hacia abajo al otro y eso, de entrada, te coloca en una posición vertical, involucrándote en una relación de poder. Para  proteger una relación y salir avante del constante atolladero y retos que ésta te presenta debes entender más que juzgar. Cuando optas por entender construyes puentes de comunicación mediante el diálogo, eres capaz de generar acuerdos y bajas la guardia porque te colocas al mismo nivel de tu pareja creando una relación horizontal, desde donde ambos son iguales y eres capaz de respetar que el otro puede  también equivocarse tanto como tú. Si lo piensas así, es más fácil poder perdonarse mutuamente por los errores cometidos, por una simple razón: ambos son humanos.

Nadie lastima a otro a propósito. Todos cometemos errores porque en el camino vamos aprendiendo y, a veces, ese aprendizaje nos pasa una costosa factura. El caer y levantarse es parte  del proceso aprendizaje-error y nadie, ciertamente, nace sabiéndolo todo, es por eso que en el valle del amor nadie nunca sale ileso, todos tenemos nuestras heridas de guerra, unas más fuertes que otras, pero siempre  quedan huellas del aprendizaje de lo que no es bueno hacer.

 

Si lo piensas así, la diferencia es aquello que nos hace crecer, y al igual que en la genética: ser mejores. Acepta las diferencias de tu pareja, déjalo ser, no protagonices y veras que en una relación donde ambos crecen juntos, siendo diferentes, siempre hay más planes por hacer.

 

* Mireille Yareth, comunicóloga e historiadora, contáctala en: [email protected]

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