La mujer más rica del mundo

Acabo de pasar cuatro días con una amiga casada con
un hombre muy adinerado. Él le dio un anillo de rubí como regalo de compromiso;
un collar de esmeraldas el día de las madres; 250,000 dólares para redecorar su
enorme mansión de dos hectáreas y una sola construcción de su cuarto de baño
costó cerca de 120,000 dólares. Hasta su perro come en un tazón plateado con su
nombre grabado.

Su esposo la ha llevado por todo el mundo: a Tahittí
a tomar el sol, a París por ropa, a Londres al teatro, a Australia en busca de
aventuras. No hay sitio donde al que no pueda ir, nada que no pueda comprar,
nada que no pueda tener, excepto una cosa: él no la ama de la manera que a ella
le gustaría ser amada.

La última noche
de mi estancia, mi amiga y yo nos quedamos en su estudio hasta entrada la
noche, platicando como sólo dos mujeres que se han conocido desde niñas pueden
hacerlo. Hablamos de nuestros cuerpos, de los cambios que sufren cada año que
pasa, del suyo ahora redondeado por la nueva vida que lleva dentro. Platicamos
de lo que solíamos creer y de nuestra búsqueda por nuevos significados. Y
hablamos de nuestros maridos, el suyo: un exitoso financiero adinerado; el mío:
un artista que lucha y trabaja.

“¿Eres
feliz?”, le pregunté. Ella guardó silencio por un momento, mientras jugaba
con su anillo de bodas con un diamante de tres kilates, el cual portaba en su
dedo anular. Luego, despacio, casi en susurro, comenzó a hablar. Apreciaba toda
su riqueza, pero la cambiaría en
un instante por cierta calidad de amor que no había entre ella y su esposo.
Ella lo amaba intelectualmente más de lo sentía que lo amaba. Él no respetaba
muchos de los valores que, supuestamente, eran importantes para él en la vida,
y esto apagaba su deseo sexual hacia él. Aunque él estaba totalmente
comprometido con ella y la cuidaba, no se sentía amada totalmente. No había el
cariño, la ternura, las palabras que los amantes usan, la sensibilidad, la
atención, el respeto, la voluntad de participar con ella en crear la relación
día con día.

Mientras
escuchaba a mi amiga, me quedaba más claro que nunca que el amor verdadero de
mi compañero me hacía más rica que cualquier objeto material que un hombre
pueda dar. Esta no era la primera vez que sentía esto en lo más profundo de mi
ser, pero, una vez más, era un recordatorio de mi enorme buena fortuna.

Y pensé en mi
gaveta llena de tarjetas y notas de amor escritas por él, y en las tres últimas adorables notas en mi bolso.
Pensé en él cuando me toca, cuando aprieta mi mano para protegerme al cruzar la
calle, cuando acaricia mi cabello recostada en su regazo, apretándome y
devorando mi cuello, besándome por toda la cara cuando adivino correctamente
sus acertijos. Pensé en las aventuras que viven juntas nuestras mentes,
explorando ideas y conceptos, comprendiendo nuestro pasado, vislumbrando
nuestro futuro. Pensé en nuestra confianza, nuestro respeto y en nuestro anhelo
por vivir y aprender.

En ese momento
ví que mi amiga me envidiaba a mí y a mi relación. Ella, sentada en su lujoso
hogar, cubierta de naturaleza juguetona; nosotros con nuestra pasión, nuestro
compromiso, sí nuestro compromiso.

En ese momento comprendí que lo que tenemos es mucho
más grande que cualquier otra cosa entre nosotros; es un compromiso, el de
amarnos el uno al otro total y completamente, tan profundo como sepamos,
durante el tiempo que podamos.

No se trata de
un compromiso que se haya expresado ante otros o entre nosotros en voz alta.
No está simbolizado por un
diamante, ni siquiera por un sencillo anillo de oro. No está definido por el
tiempo, ni siquiera por el espacio en el que vivimos juntos o separados.

Es un
compromiso que se vive y se reafirma cada vez que nos entregamos el uno al otro
por puro regocijo, cada vez que decimos la verdad, cada vez que uno de los dos
está ahí para apoyar o confortar al otro.

Es un
compromiso que se revela de continuo en cada nuevo nivel de confianza, en cada nuevo
estrato de vulnerabilidad, en cada nueva profundidad de amor. Es un compromiso
que redescubrimos una y otra vez del mismo modo que redescubrimos quiénes somos
y cuánto amor son capaces de dar a nuestros corazones.

Un compromiso
que demuestra un verdadero matrimonio espiritual, cuya ceremonia de unión se
halla en todos y cada uno de los momentos que nos amamos mutuamente, cuyo
aniversario se celebra cada uno de los momentos en que el amor crece más.

Hoy, al
retornar a casa, encontré un buen cheque esperándome. Dinero con el que no
contaba. Y reí ante los insignificantes números alineados en una hilera, porque
anoche, después de platicar con mi amiga, descubrí la diferrencia entre tener
dinero y ser en verdad rico. Y descubrí que yo ya era la mujer más rica del
mundo.

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