¡Huye de la gente tóxica en tu vida diaria!

Todos en algún momento hemos sido un poco tóxicos, ya sea porque tuvimos un mal día, estuvimos enfermos —la parte física siempre impacta directo en lo emocional— o simple y sencillamente porque nuestra mente se hallaba divagando en otros lugares a causa del estrés, del exceso de trabajo, ansiedad o demasiada presión en más de un área de nuestra vida.

 

Sea como fuere, nadie se encuentra exento de la toxicidad cotidiana que las grandes urbes conllevan; lo que sí logra hacernos diferente es la serie de respuestas con las que decidimos enfrentar el día a día, en eso consiste básicamente el autocontrol y el equilibro, en saber qué decir, a quién y en qué momento. Ser asertivos y ecuánimes, en lugar de viscerales.

A todos nos ha tocado un mal día de aquellos en los qué te preguntas, ¿pero, de verdad, por qué a mí? O una mala actitud por parte de alguna persona que no conocemos y que, como diría  Kathleen MC Gowan en la Fuente de los Milagros, no tenemos suficiente información para entender sus por qués: ¿por qué se comporta así?, ¿por qué me contestó así?, ¿por qué me trata así?

 

Pocas veces nos detenemos a meditar sobre por qué una persona es de determinada forma; por lo regular nos manejamos en una sociedad inmadura e irresponsable en la que si esa persona me hizo, entonces yo también le hago —la ley de la venganza infinita—, sin darnos cuenta de que esa serie de actitudes lo que hacen es encerrarnos en un círculo infinito alimentado de ira, venganza, odio, rencor, dolor y conmiseración que derivan en la toxicidad de la dupla victimario/vícitima. ¿Qué hacer para evitar esto?

Algunas personas suelen decir que “la mayor parte de relaciones que sostenemos dentro de nuestra sociabilidad son obligadas, no elegidas”, y suele ser una de las premisas más falsas que muchos se repiten diariamente inmersos en un mundo monótono y gris. Lo cierto es que la verdadera felicidad radica en hacerse responsable de nuestras elecciones y reacciones. ¿Qué pasa entonces si no me responsabilizo de mis pensamientos y sentimientos?

 

Suele suceder que llega la infelicidad y con ello la cadena de amargura, dolor, inseguridad, ansiedad y depresión, siendo estos últimos sentimientos los más nocivos para la estabilidad tanto emocional como mental. Tal como lo advierte Walter Riso en Pensar bien, sentirse bien, cuando refiere que “el pensamiento negativo y/o irracional dispara un sinnúmero de emociones perturbadoras y destructivas”.

Pero, ¿qué pasa si esta serie de emociones/pensamientos traspasan la barrera de lo cotidiano y se inmiscuyen en tu relación? Ya sea de manera directa, por parte de algunos de los dos miembros de la pareja, o indirecta, por parte de algún agente externo como podría ser un amigo chorero y chismoso, familiares mete-cizaña o compañeros con comentarios malintencionados.

 

¡Aguas con los mirones!

Una relación es de dos, tan básico como sumar felicidad y restar problemas. Por más ganas que sientas de contar tu vida pública a los cuatro vientos, ¡no lo hagas! Tú vida no es una serie televisiva y, creeme, no quieres encuestas. Lo único que necesitas es ir viviendo y aprendiendo poco a poco.

Ojo: aprende a identificar y separar los consejos bien intencionados de gente que te ama, de la cizaña de gente envidiosa que, literal, hasta lo que no se come le hace daño. Esas personas son a las que debes evitar, la gente tóxica que vive de los sentimientos de baja intensidad como son los chismes, los típicos ‘lleva y trae’; los metiches tipo ´te lo digo por tú bien’, cuando su vida es un caos que se va justo por el garete; los envidiosos, ‘¿pero a ti por qué?’ del tipo que se les escurre el veneno por los dientes y los ojos cual vampiros y donde todo lo que digas será usado en tu contra después. A estas personas es mejor tenerla lejos y aprender a identificarlos para rechazarlos, aún así, de la manera más diplomática posible, al más puro estilo del Manual de Carreño.

 

¿Qué hacer cuando esa persona tóxica eres tú?

Seguro recuerdas cuando en la tierna infancia temías al coco o al monstruo del armario y los mayores construían una mitología en torno de él. Bueno, pues así pasa cuando creces y te das cuenta que te has convertido en aquello que más temías: en el monstruo del armario. De ese armario del que te rehúsas a salir para enfrentar cara a cara, frente al espejo, a ese algo que no está bien en ti.

Para la mayoría de las personas, la culpa está en los demás. Es posible ver en otros con lentes de aumento claramente sus defectos y errores horrorizándose y criticando; sin embargo, cuando se trata de uno mismo esas mirillas tan recelosas parecen desaparecer haciéndonos de la vista gorda al más puro estilo de “aquí no pasa nada”. Una actitud así denota inmadurez, inestabilidad emocional, narcisismo, falta de honestidad y, sobre todo, una gran irresponsabilidad y falta de aceptación de la que muchos ni siquiera se han percatado. Ser así no es gratuito. Hemos crecido en una sociedad aniñada donde la responsabilidad asusta y se le  rehúsa y le huye. Donde se le saca la vuelta a los problemas; pero, y ¿sí creciéramos?, ¿si decidiéramos responsabilizarnos de lo que pensamos, decimos y hacemos? Entonces y sólo hasta ese momento saldríamos del armario para descubrir que crecer no es tan malo y que responsabilizarnos de nuestros errores aceptándonos tal cual somos no es tan terrible.

 

¿Qué hacer para combatir al automonstruo?

El primer paso es aceptarlo y reconocer que no eres todopoderoso, que los superhéroes no existen en la realidad y que eres tan humano como el resto y, por lo tanto, puedes equivocarte. El segundo paso es trabajar en nuestros puntos débiles, por ejemplo, superar malos hábitos, mejorar conductas insanas, ya sea a través de cursos o talleres, tomando terapia, todo depende del nivel emocional en el que te encuentres. El tercer y conclusivo punto es no claudicar por más doloroso que te resulte y continuar con tus batallas aún en tus desiertos y desaciertos. Recuerda siempre que lo importante no es no equivocarte, sino a pesar de ello, aprender y continuar trabajando en ser mejor.

¿Y si, en verdad, no soy yo? El ladrón más allá del balcón

Romeo y Julieta desarrollaron su historia con un épico balcón de escenario; pero, ¿y si Romeo en vez de un ladrón de corazones resultara ser un tóxico vampiro chupasangre y, no del tipo de las taquilleras películas hollywoodenses, sino uno que absorbe cada esfera de tu vida?

A veces resulta que estamos tan ensimismados con alguna persona que no alcanzamos a detectar lo que pasa alrededor; en otras ocasiones aunque lo vemos, nos hacemos de la vista gorda y, otras más, lo hacemos para —de manera inconsciente— perpetuar modos de vida dolorosos. Al final, una cosa es cierta, el dolor llega para quedarse cuando la verdad —al igual que el sol—, desea ser tapada con un dedo. El desasosiego se hace evidente cuando la verdad tarde o temprano sale a la luz y lo evidente emerge. ¿Qué hacer al respecto?

 

Aprender a discernir cuando alguien se equivoca por inmadurez, inexperiencia o cuando la persona lo hace con saña, como buen embustero. La inmadurez y la inexperiencia pueden superarse con ganas, fortaleza y convicción; sin embargo,  una persona embustera es caso perdido y es mejor alejarse rapidito, porque más allá de tóxico resultará veneno puro en el corazón.

Ahora que tienes algunas pistas sobre la toxicidad, aprende a identificarla y dile ¡no!, ¡aquí no! Trabaja en tus relaciones, en ti mismo y se cada día mejor. ¡Arriba las relaciones sanas y felices!

 

* Mireille Yareth, comunicóloga e historiadora, contáctala en: [email protected]

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