La emotividad de las bodas

Las bodas son conmovedoras, una mezcla de alegría y tristeza, contradicción andante y emoción emulgente, vibrante, sonora, visual y enigmática que a todos nos tienen al borde como espectadores, cual si se tratara de la escena más linda de una película.

 

Estas celebraciones a pesar de parecer todas iguales por su estructura —la de una fiesta—, engendran particularidades que las distinguen, la más notable resulta ser la emotividad. Nadie siente o actúa igual en una boda, los rostros de cada familia y pareja son únicos e irrepetibles. La expresión del novio al ver llegar a la novia al altar o  al escuchar el “sí, acepto”, el primer baile de los novios, el momento en el que los padres bailan con sus respectivos hijos y se despiden, en parte, de ellos, son momentos conmovedores donde más de uno esbozamos una sonrisa de complicidad y, también, derramamos una lágrima de felicidad y tristeza: contradicción absoluta, irreverente, pero sumamente humana.

Dentro de este amplio abanico de emociones una pregunta parece clave, ¿por qué lloramos en uno de los días más felices de nuestra vida?, ¿por qué a pesar de que todo sea absolutamente perfecto: las flores, el vestido, la familia, la comida, el lugar, la compañía, esas perlas de cristal acarician nuestras mejillas deslizándose lentamente por nuestro rostro, como si algo malo pasara?, ¿qué sucede que nos tiene al borde, en ese límite entre felicidad absoluta y pinceladas de tristeza?

 

Estas ceremonias de amor engendran sentimientos encontrados y contradictorios que a más de uno nos hacen delirar, pues aunque son inicios bien definidos donde se abren los brazos a nuevos comienzos, al mismo tiempo se vuelven puntos conclusivos de una etapa de nuestra vida. Explicarlo de lejos es sencillo y, la verdad, el percatarse no implica mucha ciencia; pero, al vivirlo, el sentirlo y el experimentarlo es diferente. Éste es quizás unos de los momentos donde el cerebro a pesar de estar parlando todo el tiempo, da amplio paso al corazón.

En este espacio festivo de tiempo definido, que en nuestra mente se inmortaliza cual bella fotografía que tratamos de hacer perpetuar, damos la bienvenida a un nuevo miembro de la familia y hacemos que ésta crezca siendo cada vez más linda; pero, por otro lado, sufrimos la pérdida de un miembro con el que hemos crecido —interna y externamente—que se encuentra listo para salir de una familia que fue formada de la misma manera, con amor y muchas ganas de salir adelante, un sentimiento que nos impulsa a cambiarlo todo.

 

Dentro de esta celebración de amor hay dos momentos clave: cuando el padre de la novia entrega a su hija en el altar a su futuro esposo y el momento en el que, después el primer baile de novios, la madre baila con su hijo. Sin importar la edad, los disgustos, las historias entretejidas en cada familia, estos momentos se vuelven culminantes pues es donde cada padre se hace consciente de que se libera a un miembro de la familia para que éste forme una propia con la persona de su elección.

En este periodo es común que se torne difícil para padres y hermanos aceptar que uno de los suyos ya no estará en casa; sin embargo, una postura que, en particular, me parece conmovedora y maravillosa, es aquella en la que algunas familias deciden que es momento de crecer y no de perder a un miembro, sino más bien, de adoptar a otro. Desde esta visión, la familia no se reduce, sino que continúa creciendo conforme el principio de la universalidad: la unidad de lo diverso, el sumar.

 

Adoptar esta visión, para algunos padres, puede ser complejo pues están acostumbrados al recelo de “es mi hijo/a” y ese mío, de propiedad, es lo que lo arruina todo. Las personas nunca pertenecen a nadie, sino a sí mismos. Lo más hermosos de la vida es, por decisión, poder formar parte de un conjunto, hacerlo y, más aún, verlo crecer pese a las dificultades que ello engendra. Por tanto, esta visión posesiva es la que lacera profundamente cuando es momento de partir.

En cambio, la visión de sumar acepta, en primer lugar, que las personas no nos pertenecen, son libres y dentro de esa libertad están considerándonos para continuar dentro de sus vidas y espacios. A pesar de que hay un cambio, ello no significa un fin, sino un nuevo comienzo y en vez de pérdida lo que se está viviendo es una transformación que suma un nuevo miembro a la familia. Dentro de esta visión, el aceptar al nuevo miembro implica dejar de verlo como un elemento aislado otorgándole esa esencia de persona que se incorpora a la familia y que es ahora un hijo, una hija más a quien se amará por convicción.

 

Así que, sí estás próxima a casarte, muéstrale estas letras a tus padres, quizás sí alguno de ellos aún está receloso por el próximo cambio, pueda ampliar su horizonte  contemplando que hay más de una opción de enfrentar este momento. ¡Felices bodas!

 

 

 

* Mireille Yareth, comunicóloga e historiadora, contáctala en: [email protected]

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