Aprender a dialogar

Si pudiéramos enumerar las causas de las crisis
familiares y laborales, la número sería la falta de comunicación.

En la actualidad son pocas las comunidades que viven
incomunicadas; sin embargo, es en las grandes urbes donde se concentra la mayor
cantidad de personas en estado de aislamiento e incomunicación. Contamos con
una infinidad de medios a nuestro alcance, que aún para los que presentan una
discapacidad auditiva, visual o del lenguaje pueden paliar sus deficiencias.

Los mexicanos
somos buenos para gritar, vociferar, monologar, criticar, pero no para
dialogar. Esta incapacidad para dialogar es casi congénita, el modelo de
comunicación se aprende de los padres, los maestros y del grupo social. La capacidad de no ceder a la
razón muy pronto se les enseña a
los jóvenes, de ahí que se vuelven
intolerables. Dialogar con los hijos culturalmente es sinónimo de pérdida de poder, por lo que las figuras de
autoridad adquieren poder que no es lo mismo que autoridad. El prejuicio es un
factor que afecta la comunicación, un rechazo a la realidad, juicios de valor que nacen de ideologías dominantes; de esta manera, la
sociedad nos ofrece una concepción del mundo que no se basa en experiencias
propias sino aceptando los juicios reinantes y donde todos presionan para que
estos se mantengan. Desgraciadamente, esto nos lleva a la incomunicación.

El inconsciente
colectivo, que como personas asumimos desde el nacimiento, está lleno de
ideologías y normas que como miembros de una sociedad sirven para estructurar
una imagen ideal de lo que se supone debe ser. Los modelos que a diario
observan los niños son “dobles mensajes” que a lo largo de su vida le causan confusión
de lo que observa y de lo que debe ser. Un ejemplo de doble mensaje es el
lenguaje verbal y el no verbal. En varias ocasiones en la consulta los niños
están entretenidos con los juguetes; cuando escuchan llorar a su mamá
inmediatamente se acercan angustiados y le preguntan “¿Mami, qué te pasa, estás
triste?”, a respuesta inmediata es ¡No tengo nada!, y fingen una sonrisa. Ante esta escena el niño se queda
confundido. La petición inmediata es que responda: “Sí, estoy triste, pero no
te preocupes cuando termine de platicar me voy a sentir mejor”. Otro ejemplo
son los valores de honestidad y justicia a los que se contrapone la obtención
de éxito sumamente preciada por la sociedad que apoya y fomenta la falta de
coherencia: “En el rico es diversión lo que en el pobre es borrachera”.

La comunicación
que se da en general entre el grupo de amigos mantiene una atmósfera de
cordialidad ligera: la aceptan como si estuvieran comunicándose realmente. Sin
embargo, hay muchas cosas que no se dicen ni a la pareja ni a los padres; con
frecuencia me doy cuenta que la esposa no sabe el salario que gana su esposo,
quiénes son sus amistades o peor aún, si disfrutan las relaciones íntimas. Es
interesante observar en las reuniones sociales como se entretienen hablando de política,
de fútbol o un tema muy socorrido que raya en la falta de respeto hacia las
figuras públicas: de la vida de los artistas, para no hablar de nuestra
intimidad y sentimientos. Esta carencia de diálogo íntimo ha hecho que los
medios de comunicación se enriquezcan con la venta de rumores, manera como se
fabrican ídolos y como las
televisoras los destruyen cuando consideran necesario.

En relación a
la comunicación dentro de la familia, los miembros aceptan los roles que se le
dan sin poder escapar de ellos como: el mudo, el corajudo, la simpática, el
flojo, el educado, el cochino, el lento, el tonto, el inteligente, el broncudo,
etcétera, salvo que se produzca un fuerte conflicto en que o bien acuden a
terapia, aprenden a comunicarse o reinventarse o se quedan en conflicto
permanente. En nuestra cultura confundimos el estar juntos con el disfrutar estar juntos; vivimos en
modelos de familias cerradas y “fusionadas” en el que es obligatorio estar. En
las reuniones familiares los integrantes se comunican de manera deficiente,
frecuentemente salen los mismos resentimientos sin buscar formas de dialogar y solucionar los
conflictos.

¿Hacia donde
nos lleva la falta de comunicación? A la búsqueda permanente de sustitutos que
sirven como medios de expresión, satisfactores inmediatos, búsqueda sin fin. 

Recomendaciones

• Aprender a comunicarnos con nosotros mismos. Si
quieres aprender a comunicarte socialmente, cambia la manera de diálogo
interno.

• Aprender de los errores y felicitarnos por los
logros.

• No interpretar, ni leerle la mente de los demás.

• Poner sobre la mesa las reglas familiares de manera
que todos las comprendan así como las sanciones o castigos por no cumplirlas.

• Ponernos en los zapatos del otro, el deseo y la
capacidad de intercambiar ideas, sentimientos, la sensación de confianza hacia
los demás.

• Curiosidad: la sensación de descubrir cosas, de
controlar y dominar al propio cuerpo, de permitir que los niños corran el
riesgo con la confianza de que cuentan con redes de apoyo.

• La comunicación, así como las relaciones sociales,
no son necesarias: son indispensables.

 

* Rosa Chávez Cárdenas: psicóloga, homeópata y
terapeuta. Consultorio: Tenochtitlan No. 361, Jard. del Sol. Tel. (01 33) 3631 8312 y
3632 3166, Cel. 1669272, [email protected]

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