Almas gemelas

¿Crees en las almas gemelas? Me preguntó
aquella vez… Pero, todo comenzó en “El laberinto”, así se llamaba la
cafetería donde conocí a Román, quien era el dueño del lugar. 

Acababa de mudarme a esa zona y tras
estar totalmente instalada en mi nuevo departamento, salí a dar un paseo para
conocer mejor las calles y buscar un lugar donde poder tomar un café, leer,
tener un rato de tranquilidad o diversión fuera de casa. Cuando me topé con aquella
cafetería quedé encantada, el lugar se veía cálido, la decoración era mágica,
tal como si uno entrara a un bosque encantado, y la música estaba a un buen
volumen, había variedad pero por lo general era muy tranquila. Tenían una gran
diversidad de granos de café, siempre olía delicioso, así que no dude en pasar
y convertirlo en mi favorito.

Cada que tenía
tiempo libre me gustaba ir a “El laberinto”, ahí me sentaba tranquilamente a
leer un libro o a ver pasar a las personas mientras disfrutaba de un café moka,
un capuchino caliente o un té. Era sencillamente relajante ese lugar.

Como iba muy
seguido, sola o incluso acompañada, comenzaron a notarme los meseros, charlaba
de vez en cuando con ellos, bromeábamos y de repente hasta comencé a platicar
con Román. Él era agradable, simpático, bromista y además me parecía atractivo;
era alto, de tez blanca, espalda ancha y delgado, tenía los ojos chicos, de
color café, las cejas pobladas y usaba lentes al igual que yo, además, usaba la
barba de candado, pero bastante bien poblada. Tenía el cabello negro y no lo
acostumbraba muy largo. Era un poco mayor que yo y quizá no era alguien de otro
mundo, pero su personalidad y su físico lo convertían en un hombre bastante peculiar.    

Tras nuestras
primeras charlas no sabría decir cómo paso todo, simplemente recuerdo que de un
momento a otro ya platicábamos cada que visitaba el lugar, él quizá sí lo
recuerde, siempre ha tenido mejor memoria que yo, además de que es extremadamente
detallista.

Cuando no había
mucho trabajo se sentaba conmigo, tomábamos café, charlábamos, soñábamos,
reíamos, pensábamos, reflexionábamos, nunca nos faltaba tema de conversación. Nos
fuimos haciendo confidentes, nos contábamos todo; pasábamos horas y horas
juntos y a pesar de eso se nos iba el tiempo como agua entre los dedos. Después
ya no nos veíamos solamente en el café, íbamos a pasear en nuestros ratos
libres, comíamos, cenábamos, íbamos al cine o a conciertos, incluso pasábamos
las tardes frías abrazados tomando alguna cálida bebida.

De pronto, una tarde
como tantas otras que pasábamos las horas charlando, recuerdo que estaba
recargada en su hombro mientras él me leía un cuento y de pronto hizo un
movimiento que me obligó a levantar la cabeza, lo miré y él tras un momento de
silenció dijo: “¿Crees en el amor?”. Yo, que siempre he sido una soñadora,
respondí que sí y después añadió: “¿Crees en las almas gemelas?”. Fue entonces
cuando sus ojos me parecieron más brillantes, así que, no pude más que
responder con un beso y con ese beso sentí que el mundo se detuvo y en un
segundo volvió a girar nuevamente, pero, ahora todo fue diferente, porque
parecía más colorido que de costumbre. Sonreí apenada, reímos un poco y ahí
empezó nuestra historia.

Ahora, de repente
suele preguntar lo mismo: “¿Crees en las almas gemelas?”, y yo, siempre
respondo igual: con un beso. Creo en las almas gemelas, la mía ahora está
frente a mí.

 

 

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