La cultura del aburrimiento

Una de las características del ser humano
contemporáneo es que se encuentra saturado por el estrés, los trastornos que
éste le causa lo dejan vulnerable —un fenómeno de las grandes ciudades—, el
tiempo no alcanza para cumplir las responsabilidades en las que se encuentran
atrapados. 

La sociedad se encuentra mal alimentada y mal
dormida; el consumismo en el que estamos inmersos obliga a desplazarse de un
lugar a otro, horas hombre improductivas que representan pérdida de energía. El
tiempo se dedica al trabajo, al estudio, a las actividades de casa, a las
compras, en fin, el espacio libre es escaso. Resulta que se vive en una
paradoja: se trabaja hasta el agotamiento para cubrir las “necesidades” que nos
impone la cultura del consumo, la casa en tal colonia y el auto de tal marca,
como señal de estatus, por lo que el bienestar ha perdido significado.

A pesar de que vivimos en la era de las
comunicaciones nos encontramos más incomunicados que nunca. Una manera de
responder a la necesidad de comunicación es intercambiando mensajes de texto
que de alguna manera no llegan a satisfacer la necesidad de comunicar lo que
realmente se siente, preocupa o se desea. Como consecuencia, el estado de
incomunicación provoca angustia en forma de temor a la comunicación directa
dejando sentimientos de soledad. El aburrimiento muestra la falta de interés
por ciertas tareas y lo despiertan aquellos objetos propuestos por la sociedad
como bienes de consumo, el individuo no llega a relacionarse con los objetos
sino con lo que éstos representan y con las gratificaciones que se extraen de
ellos, las personas se vuelven objetos que se mueven en masas.

Vivimos tan revolucionados que no sabemos qué hacer
con el tiempo libre, la televisión y la Internet se han apoderado del espacio
en la casa y en la oficina. La tecnología nos deja una bulimia de novedades y
una anorexia de alimento intelectual, conductas repetitivas que se van haciendo
hábito y de las que resulta difícil sustraerse; los medios de comunicación
crean adicción de la misma manera que lo hace el consumo de cualquier
sustancia. Es cierto que la televisión revolucionó el mundo de las
comunicaciones, conocedora del lugar preponderante que ocupa nos ha saturado de
información escandalosa, tanta que nos hemos vuelto indiferentes, seres humanos
robotizados, pasivos, sin inquietudes culturales

La sociedad de consumo ofrece una cantidad de
oportunidades para los aburridos que no hace sino contribuir a crearle
dependencias. La neurosis del fin de semana es una constante en los países
industrializados. ¿Qué hacer con el tiempo libre? ¿Cómo llenar los vacíos que
nos crea la falta de comunicación y la pérdida del sentido de la vida? En
cuanto se dispone de tiempo libre se buscan evasores con los que se pierda la
conciencia, del deber se pasa al extremo del placer. Nos hemos vuelto
individuos solitarios, las familias de hoy en día viven cada uno con sus
propias actividades, las casas funcionan como hoteles.

El hedonismo es el código de comportamiento, el
extremo del amor auténtico, la búsqueda del placer por el placer. El
materialismo es el otro símbolo del comportamiento, se enfoca en el tener más
que en el ser, es más importante la belleza física que la belleza interior,
abundan cuerpos y fisonomías artificiales. Los cirujanos plásticos y los
productos para la belleza proliferan de manera alarmante, industria de grandes
ganancias totalmente deshumanizada con consecuencias mortales. En este mundo light es más importante la belleza
física que la salud física y mental. Como resultado los adictos proliferan: a
las sustancias, al sexo, a las compras y a la ludopatía o juego de apuestas que
desafortunadamente incrementa día con día entre las “aburridas amas de casa”.

El aburrimiento es consecuencia de un exceso de
información y abundancia de consumo; el dinero plástico contribuye a crear
dependencias, basta con salir a los centros comerciales para saturar la
tarjetas con objetos que no son indispensables, pero que se ofertan como unas
verdaderas gangas, cuyos intereses monetarios son como un cáncer para el
bolsillo.

Es preocupante como desde muy pequeños los niños se
quejan de estar aburridos, los juguetes electrónicos muy pronto se vuelven
tediosos y los adolescentes no le encuentran sentido a su vida, están
fastidiados de los dobles mensajes que vive la sociedad, de las pocas
oportunidades que ven en su futuro y les angustia lo que se espera de ellos. La
rebelión contra los estilos reinantes de vida los vuelven pasivos para crear
propuestas o involucrarse en el cambio.

La adicción al trabajo es una buena excusa para
evitar el tiempo libre; la productividad es una buena excusa para evitar las
relaciones interpersonales. Como me comentó un paciente: “Desde que ya no bebo
alcohol prefiero trabajar más tarde; los fines de semana me aburro en mi casa,
me la paso peleando con mi esposa”.

No hay que confundir aburrimiento con depresión. La
depresión es un estado mental que afecta todo el cuerpo, los pensamientos y el
estado de ánimo, las opiniones sobre sí mismo, el sueño y las relaciones con
los demás; cuando invade nuestra
vida no se puede solucionar con la pura voluntad, todo lo contrario del
aburrimiento. El dinero, el poder y el éxito son medios, no fines. Es
importante escapar del culto a la novedad que nos crean las dependencias al
consumo, el aburrimiento es producto del temor a enfrentarnos con nosotros
mismos, la falta de la práctica de meditación de la que carecemos los
occidentales. La felicidad consiste en encontrar un programa de vida que nos
llene lo suficiente como para que motive nuestro paso por este mundo.

Recomendaciones

  • El aburrimiento tiene cura, si tienes amigos
    ellos te pueden ayudar.
  • Lo opuesto al aburrimiento es la motivación.
  • Un trabajo que agrade, amor e interés por los
    detalles, son antídotos contra el aburrimiento.
  • Cuando sabemos qué meta deseamos, el camino se
    inicia y las dificultades se superan.
  • Tenemos que experimentar el sentimiento de hacer
    algo útil, valioso. El que no sirve para servir, no sirve para vivir.
  • El culto al deseo inmediato, la ausencia de
    inquietudes culturales verdaderas, provoca la pérdida del sentido del ser
    humano. 

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