¿El secreto? Mirarse en el espejo

Mirarnos
al espejo de vez en cuando podría ser la solución a un incontable número de
conflictos que se suceden en el día a día, tanto con la pareja como con quienes
nos rodean.

Muchas
veces creemos que las raíces de nuestros problemas están en los otros. ¿Va mal
el matrimonio? Acusamos al esposo, a la esposa, a los suegros, a los hijos. ¿No
funciona nuestra empresa? El culpable es el jefe, o un compañero desleal, o el
Estado con sus impuestos. ¿Estamos deprimidos? La culpa es de la contaminación,
del agujero de ozono, de los cláxones de los coches. ¿Estamos de mal humor? En
las mil dificultades de la vida siempre podemos señalar, con el dedo de la
memoria, a un culpable fuera de nosotros.

No siempre nos damos cuenta de que podríamos dar un
vuelco radical a muchos problemas si nos mirásemos en el espejo. Tras una
discusión familiar, me veo y me pregunto: ¿qué parte de culpa tengo en el
problema? ¿Cómo puedo actuar para que la solución empiece a ser realidad? Es
muy cómodo sentarse ante la televisión y acusar siempre a la esposa o al
esposo. Es difícil pensar, en serio, si no hay algo que dependa de mí y que
pueda mejorar mucho las cosas o, al menos, hacer más llevadero un momento de
conflicto.

Muchos matrimonios fracasan precisamente porque se
espera que la otra parte cambie. La suegra o el suegro deben portarse bien. El
esposo debe llegar a tiempo al hogar. La esposa debe gastar menos, cocinar
mejor o tener más limpia la casa. Los niños deben estarse quietos todo el día
en su cuarto y portarse como muñecos de escaparate… Siempre pensamos en los
otros. De nuevo, miremos al espejo: ¿no puedo cambiar mi actitud ante este
problema? Quizá mi esposo no va a dejar de ser como es, o la suegra tiene ya
una personalidad calcificada. ¿Hay algo que dependa de mí y que me permita
salvar un amor matrimonial o familiar que quiero, de verdad, constante y
limpio?

No todos, ciertamente, tienen “madera de héroes”. Hay
situaciones que son insoportables. Pero otras se podrían arreglar con un poco
de buena voluntad, una palabra a tiempo para aclarar la situación, y algún
espejo con el que hablar de vez en cuando. Es hermoso ver a parejas que no sólo
han sobrellevado un problema grave (no tener hijos, o tener un hijo con
discapacidad, o sufrir por culpa de un familiar realmente pesado), sino que han
sabido salir airosas y han crecido en el amor. Cada uno se miró en el espejo y
puso lo que estaba de su parte para que la situación no explotase. Otros, en
cambio, han fracasado, simplemente porque acusaron completamente a la otra
parte y sólo pensaron en sí mismos como víctimas. 

Es bueno mirarse al espejo. Quizá incluso es muy bueno
mirarse al espejo como pareja, y hablarse así, en forma cruzada, “a cuatro”,
para aclarar algún jaleo familiar. Para los cristianos, existe todavía un
método mejor: mirarse en el espejo “a cinco”, con un crucifijo que recuerde que
el matrimonio es algo querido por Dios. Con Cristo a nuestro lado todo puede
tener un matiz distinto. Y las soluciones, aunque cuesten, se pueden encontrar
con un poco de ingenio y un mucho de amor.

 

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