Derecho a ser feliz

“Yo tengo derecho a
ser feliz” me decía ayer un amigo al anunciarme su propósito de abandonar
a su mujer y a sus hijas para formar una nueva familia con otra mujer. Me
impresionaba que una persona adulta e inteligente estuviera decidida a echar
por la borda quince años de vida familiar arguyendo que la felicidad es un
derecho como los de la Declaración universal de derechos humanos.

No es fácil aclararse
sobre a qué llamamos felicidad. Algunos creen que es un estado de ánimo, y
pretenden encontrarla en la euforia de la borrachera o de la droga o en los
libros de autoayuda. Para otros, es la satisfacción de todos los deseos y, como
están insatisfechos, se sienten casi siempre tristes. De hecho, lo que está más
en boga es la identificación de la felicidad con el sentirse querido, con el
estar enamorado. Quizá por ese motivo vuelan por los aires tantos vínculos
matrimoniales, esclerotizados por la erosión del tiempo, el aburrimiento mutuo
o el desamor infiel.

Ya Aristóteles, hace más
de dos mil trescientos años, advirtió que la felicidad no era algo que pudiera
buscarse directamente, esto es, algo que se lograra simplemente porque uno se
lo propusiera como objetivo. Como todos hemos podido comprobar en alguna
ocasión, quienes ponen como primer objetivo de su vida la consecución de la
felicidad son de ordinario unos desgraciados. La felicidad es más bien como un
regalo colateral del que sólo disfrutan quienes ponen el centro de su vida
fuera de sí. En contraste, los egoístas, los que sólo piensan en sí mismos y en
su satisfacción personal, son siempre unos infelices, pues hasta los placeres
más sencillos se les escapan como el humo.

Me gusta pensar que, en
vez de un derecho, la felicidad es un deber. Los seres humanos hemos de poner
todos los medios a nuestro alcance para hacer felices a los demás; al empeñar
nuestra vida en esa tarea seremos nosotros también felices, aunque quizá sólo
nos demos cuenta de ello muy de tarde en tarde. Viene a mi memoria un programa
religioso para jóvenes en la televisión española de los sesenta que tenía como
lema: “Siempre alegres para hacer felices a los demás”. ¡Cuánta
sabiduría antropológica encerrada en una fórmula tan sencilla!

Creer que los seres
humanos alcanzamos la felicidad acumulando dinero o coleccionando mujeres (u
hombres) como si fueran trofeos de caza es un grave error antropológico. El
secreto más oculto de la cultura contemporánea es que los seres humanos sólo
somos verdaderamente felices dándonos a los demás. Sabemos mucho de tecnología,
de economía, del calentamiento global, pero la imagen que sistemáticamente se
refleja en los medios de comunicación muestra que sabemos bien poco de lo que
realmente hace feliz al ser humano.

La felicidad no está en
la huida con la persona amada a una paradisíaca playa de una maravillosa isla
del Caribe, abandonando las obligaciones cotidianas que, por supuesto, en
ocasiones pueden hacerse muy pesadas. La felicidad no puede basarse en la
injusticia, en el olvido de los compromisos personales, familiares y laborales,
tal como hacen algunos de los personajes de Paul Auster que cada diez años
huyen para comenzar una nueva vida desde cero. La felicidad —respondí a mi
amigo con afecto— no es un derecho, sino que es más bien resultado del
cumplimiento —gustoso o dificultoso— del deber y aparece siempre en nuestras
vidas como un regalo del todo inmerecido, como un premio a la entrega personal
a los demás, en primer lugar, al cónyuge y a los hijos.

 

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