Diferencias entre el hombre y la mujer

Estoy segura que encontraste a tu alma gemela, tu complemento, tu media naranja como dice la canción, y sueñas con el día en que ya no serán dos, sino uno solo… Uno sí, pero no iguales los dos.

¿Cómo? ¿Y la igualdad de género? ¿No somos iguales hombres y mujeres? ¿No tenemos los mismos derechos? Entonces en qué quedamos, hombre y mujer: ¿iguales o diferentes? Mi abuelo, que en paz descanse, tenía una frase, que me encantaba, para describir lo obvio: “Tuerto es aquel a quien le falta un ojo, porque teniendo los dos, ninguno lo es”, lo mismo con hombres y mujeres, seguramente que habrás notado más de un par de diferencias entre ambos. Pero no me voy a quedar únicamente en el nivel sensible de esta apreciación.

Las personas somos seres bio-psico-sociales, poseemos un cuerpo y un espíritu, es decir, somos un espíritu encarnado. Hombres y mujeres nos parecemos en que compartimos una humanidad. Somos personas con la misma dignidad para tener acceso a las mismas oportunidades de educación, empleo y desarrollo. Ambos aspiramos a nuestra plena realización: ser felices.

Sin embargo, nuestras diferencias están marcadas por una identidad, que es la muy particular forma de ser de cada género: como mujer se manifiesta en su feminidad y como hombre en su masculinidad. Ojo: no sólo me estoy metiendo con la dimensión biológica, sino que implica la sensibilidad y la emotividad, la forma en la que nos relacionamos con las demás personas, la manera en que expresamos nuestro afecto, cómo percibimos el mundo y cuál es la naturaleza de nuestras motivaciones.

¿Un ejemplo? La mujer emplea, por lo menos, 8,000 palabras al día; el hombre 3, 000. Después de un arduo día de trabajo, el varón generalmente se “retira” a descansar y aunque esté frente a su pareja lo que menos quiere es platicar, mientras que la mujer se muere de ganas de escuchar y, sobre todo, de ser escuchada. Créanme: por más disposición que haya, si lo único que escucha la mujer son “gruñiditos” ¡es la naturaleza que reclama su espacio! O por el contrario, si la mujer se esmera en preparar un delicioso espagueti a la marinera por que cumplieron meses de novios, y a la mitad de la cena el varón recuerda que es el cumpleaños de su mamá, de su jefa o de su hermana, es muy probable que los espaguetis salgan volando por la ventana. Y, seguramente, el hombre ¡no entenderá la reacción de su novia!

Vamos conociéndonos, vamos aceptándonos, vamos siendo mejores como personas, como hombres y mujeres. Porque de las diferencias de ambos se genera la riqueza que nutre, embellece y dignifica a la relación hombre–mujer en el matrimonio, como la complementariedad, la reciprocidad y la donación mutua en cuerpo y espíritu.

Nos complementamos, como dice Gloria Conde en su libro Mujer Nueva, como esposos, posteriormente como padres y para transformar a la sociedad a través de la transmisión de los valores y virtudes.

La reciprocidad nace del dominio que tengo de mí, a partir de mi libertad, para darle lo mejor que tengo de mi ser al otro y viceversa logrando así una común–unidad… una comunidad de personas.
La donación mutua, en cuerpo y espíritu, es un acto de amor y por tanto de voluntad. Hombre y mujer están llamados al amor y sólo podré amarte cuando te conozca, no sólo en un plano físico, sino en toda tu identidad femenina o masculina para que donemos nuestro amor a través del acto conyugal.

En resumen, somos iguales hombre y mujer en nuestra humanidad como personas dignas. Somos diferentes en nuestra identidad femenina o masculina. Nos complementamos desde nuestra particular manera de ser personas, hombres o mujeres y deseamos nuestra realización a través de la felicidad del otro, en una reciprocidad y una donación mutua.

No necesitamos “hombres afeminados” ni “mujeres masculinizadas”. Ya lo decía Píndaro, en el Siglo VI a. C., “Sé lo que eres”: mujer u hombre. ¡Enhorabuena por tu boda!

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