Casarse por la Iglesia, ¿una moda?

Todos queremos hacer lo que otros hacen sólo por el deseo de pertenecer, de ser aceptados, de estar “a la moda”. Queremos hacer todo casi igual a los demás, pero mejor. Así, al planear la boda, son muchos los jóvenes que se preguntan si aún se “usa” el matrimonio religioso.

El amor es imperecedero. Su manifestación más perfecta es el matrimonio, un compromiso serio tanto ante las leyes de los hombres como ante las leyes de Dios, según sea el caso. En el caso del sacramento religioso, se llama a la autoridad Suprema, Divina, para bendecir la unión de dos seres que se prodigan un profundo amor y que, ante los ojos del Creador, jurarán amarse “en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe”, promesa que sólo quien conoce el verdadero significado del amor es capaz de pronunciar.

Ahora bien, ante el cuestionamiento de si la boda religiosa está o no de moda, sólo te puedo responder una cosa: depende de ustedes, depende de qué tipo de planes tengan como pareja. Si lo que ustedes buscan es sólo una gran fiesta para reunir a sus amigos, si sólo les interesa un matrimonio muy, digamos, “light”, como del hoy nos amamos pero mañana quién sabe, pues entonces tienes toda la razón: la Iglesia, a ustedes, les sale sobrando.

No así para quienes se vislumbran cincuenta años después tomados de la mano mirando el atardecer, para quienes sueñan con sus hijos, nietos y bisnietos, para quienes —en resumen— tienen planes para toda la vida.

Para quienes se casan por la Iglesia, la boda tiene un significado muy especial no sólo por su trascendencia y por todo lo que ello implica, sino, además, por todo cuanto se vive en ese emotivo festejo. Y es que los invitados, particularmente las mujeres, no pueden evitar vibrar de emoción en ciertos momentos, tal como cuando el novio, plantado frente al altar, ve en el umbral de la puerta a su amada y se deslumbra por su belleza, o cuando la novia entra al recinto tomada del brazo de su padre, y qué decir cuando la voz de la novia, nerviosa y a veces entrecortada, pronuncia con gran emoción la soñada frase: “Yo te acepto como mi esposo…”.

Ciertamente, los obstáculos son buenos, pues son una especie de filtros que sólo pueden ser franqueados por aquellos que saben valorar la grandeza de la vida y del amor; los que se molestan, los que se rinden, los que se retiran ante el primer papel o sacramento, es muy probable de que no estén listos para el gran compromiso. Para llegar al altar hay que estar plenamente convencidos de que es el amor quien los guía.

En el caso de los hombres o mujeres que no desean ser partícipes del sacramento del matrimonio, es muy importante que expongan a sus parejas las causas reales y fundamentadas de su apatía ya que, de no hacerlo, corren el riesgo de que él o ella piensen que no se les toma en serio. “Ya no se usa”, “La Iglesia pide muchos, pero muchos requisitos”, “Para qué firmar un papel”, “Qué tal si después nos arrepentimos”, son frases poco convincentes que llevarán al otro a cuestionarse sobre si realmente vale la pena seguir adelante con alguien que tiene miedo al compromiso del amor.

El matrimonio es como un par de zapatos, siempre hay un derecho y un izquierdo, ponernos dos izquierdos o dos derechos no nos permitirá caminar, se requiere uno de cada uno y justo al tamaño de nuestro pie. ¡Felicidades por su futuro enlace! Y recuerden que la boda no terminará después de cinco o seis horas de fiesta, sino que se prolongará durante toda la vida.

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